La evolución tecnológica es cada vez más acelerada. ¿Dónde estaremos dentro de 25 años? Evolution ha consultado a dos destacados investigadores acerca de su visión del futuro.
La ciencia de lo pequeño
Hace mucho tiempo, la naturaleza perfeccionó la construcción de la materia a nivel molecular. Hoy, las personas elaboramos materiales y estructuras que se miden en milésimas de micrómetros, y mejoramos nuestra vida cotidiana con productos basados en la nanotecnología. Es el caso de la investigación realizada por Peter Dobson, catedrático de la Universidad de Oxford y director del Parque Científico Begbroke de la Universidad, que desarrolla protectores solares más eficaces y un aditivo para el combustible que reduce la contaminación y mejora la eficiencia. Dobson cree que durante el próximo cuarto de siglo la nanotecnología puede aportar una solución para un problema que, según muchos expertos, es el más grave al que se enfrenta la humanidad: el cambio climático.
La idea consiste en convertir el CO2 en combustible. “Se podría frenar el cambio climático y tal vez paliar algunos de sus efectos”, dice Dobson. La investigación ha alcanzado la fase inicial de desarrollo. El proceso, llamado conversión fotocatalítica de dióxido de carbono, utilizaría la energía del sol, con nanopartículas como catalizadoras, para convertir el CO2 en metano o metanol y potencialmente en queroseno o gasóleo.
“Si acertamos con la tecnología, el potencial es enorme”, dice Dobson. “Inicialmente, el CO2 llegaría desde las centrales eléctricas mediante la captura y el lavado de gases, pero también se ha sugerido la posibilidad de obtenerlo del aire directamente. Podría convertirse en una realidad dentro de 20 ó 30 años”.
En 2010, el Premio Nobel de Física fue otorgado a Andre Geim y Konstantin Novoselov por sus experimentos con el material bidimensional grafeno, una forma de carbono con un grosor de tan sólo un átomo. Dobson cree que el grafeno podría sustituir al silicio en algunas aplicaciones y tener un impacto enorme sobre la tecnología informática. “Puede revolucionar la tecnología”, dice. “Utilizando moléculas orgánicas, o una materia derivada del grafeno, se podría construir algo similar a los procesadores del cerebro”. El poder de cálculo se multiplicaría por mil, o incluso más. “Puede parecer descabellado, pero aunque tengan que pasar muchos años, confío en que se haga realidad”, asegura.
Dobson cree que, en general, el progreso tecnológico del próximo cuarto de siglo no derivará de la creación de nuevas tecnologías sino de las nuevas aplicaciones de las tecnologías ya existentes. “Algunos de los sofisticados artilugios actuales tendrán una aplicación más amplia, con un impacto enorme en la atención sanitaria, por ejemplo. La gente podrá autodiagnosticarse en su iPhone sin tener que pedir cita en el médico. Como eso no necesita una tecnología que desconozcamos, es ahí donde se producirán los grandes cambios”.
Para su información
Muchas de las tecnologías imprescindibles hoy en día nacieron en Silicon Valley, y es aquí donde Mike Liebhold, miembro distinguido del Institute for the Future (IFTF), investiga tecnologías digitales futuras y su posible impacto en los humanos. Para los próximos 25 años Liebhold prevé dos revoluciones tecnológicas.
A la primera la llama “interacción sobrealimentada” y consiste en la utilización de la nube de Internet como superordenador. “La potencia del superordenador en la nube puede amplificar la comunicación humana”, explica Liebhold, que cuenta con una trayectoria profesional en empresas como Apple e Intel. “Por ejemplo, la traducción de idiomas y el reconocimiento de voz (o síntesis de voz) son muy intensivos a nivel de cálculo, ya que el ordenador compara el sonido de tu voz con millones de muestras. Para ello hace falta un tratamiento informático en paralelo muy rápido y la nube ofrece el entorno ideal”.
Así, dentro de 25 años la gente tendrá conversaciones en línea en distintos idiomas, lo que permitirá una colaboración internacional más fluida, mientras que la síntesis de voz permitirá el acceso a Internet a comunidades no alfabetizadas.
La segunda revolución que prevé Liebhold es la transición de la página web al mundo físico. “En lugar de mirar ‘la Red’ en las pantallas de nuestros dispositivos, llevaremos unas gafas o lentes de contacto que nos mostrarán un mundo físico con una gran cantidad de detalles”, dice. “Las máquinas nos contarán cosas sobre sí mismas. Al mirar un edificio, estas gafas nos explicarán su historia con todo lujo de detalles, y al caminar por la calle podremos activar filtros para no ser bombardeados por la información que emiten los comerciantes”.
Liebhold recalca que su función en el IFTF es ofrecer una visión a sus clientes, no predecir el futuro. Y el hecho de que utilice Skype para hablar con Evolution suscita inevitablemente la pregunta sobre cómo se realizaría la entrevista dentro de 25 años. “Con materiales nuevos es posible instalar pantallas digitales en las encimeras de las mesas o en las paredes”, dice. Para hablar con alguien que esté en otro país irías a una pantalla pública y, después de una autentificación biométrica de tu retina y del sonido de tu voz, podrías acceder a tu zona de trabajo digital. “Ya no será tan necesario llevar contigo dispositivos físicos”, dice. “Se llama ‘informática invisible’: el propio mundo se digitaliza”.
Según Liebhold, la clave para las tecnologías del futuro serán las colaboraciones entre distintas áreas tecnológicas y campos científicos. “Hoy existen muchas tecnologías que por sí solas tienen la madurez suficiente para provocar grandes cambios”, dice. “Pero es el efecto combinado de estos nuevos avances lo que seguirá acelerando el ritmo de la evolución tecnológica”.
Texto David Wiles
Ilustraciones Mitch Blunt
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