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Hora de cambiar

La falta de tiempo es uno de los principales problemas de la era moderna, y muchos somos incapaces de cumplir con todas nuestras responsabilidades. Organizarse mejor o bajar el ritmo son dos de las posibles soluciones.

Texto Linas Alsenas Ilustración Jack Hudson

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Dígame, ¿se quejan su familia y sus amigos de que siempre está disponible o parece desocupado? ¿Ha leído demasiadas novelas últimamente? ¿Está disfrutando de otra tarde tranquila en el trabajo?

No se preocupe. Si ha contestado “no” a todas estas preguntas, no está solo. La verdad es que a todos nos falta tiempo y la vida parece transcurrir cada vez más deprisa. Faltan horas en el día para llegar a todo y, con los smartphones suministrándonos información a todas horas, la frontera entre el trabajo y la vida privada se difumina. Hasta los niños tienen problemas para cumplir con sus apretadas agendas. La gestión del tiempo se ha convertido en un pilar del sector de la autoayuda, que explota los deseos frustrados del público con libros como The 4-Hour Work Week de Tim Ferriss o Getting Things Done de David Allen.

Pero, ¿nos falta realmente más tiempo que nunca?

Según Carl Honoré, autor del bestseller In Praise of Slow, publicado en 2004, y, más recientemente de The Slow Fix, la respuesta es sí. “Vivimos un torrente de tendencias sociales, culturales y tecnológicas que se escapan a nuestro control. Es cierto que, a lo largo de la Historia, ha habido otros puntos de inflexión:  en la antigua Roma la gente se quejaba de los relojes de sol y, durante la Revolución Industrial, la velocidad de los trenes era motivo de preocupación (si bien éstos no superaban  los 30 kilómetros por hora). Pero, desde entonces,  la curva se ha disparado. Ahora, las máquinas fabrican cosas cada vez más rápido y el capitalismo premia la velocidad”.

¿Qué debe hacer una persona desbordada? Una estrategia es ser más rápido y más eficiente, dedicándole más tiempo a las actividades prioritarias. En Internet hay múltiples páginas dedicadas al life hacking que nos ofrecen consejos y estrategias para ser más productivos. Estas sugerencias abarcan desde recomendaciones sobre el software o la aplicación más eficiente, hasta consejos tan sencillos como dejar el bolso delante de la puerta con las llaves dentro para no perder tiempo por la mañana.

Mike Vardy es un enamorado de la eficiencia vital, aunque dentro de unos límites. Antes tenía una web que parodiaba los extremos a los que algunos llegaban para ahorrar tiempo. “Me irritaba leer consejos sobre cómo comerte una hamburguesa antes de que se reblandeciera el panecillo”, dice. “Hay cosas que rayan en lo absurdo”.

Pero Vardy sigue concediéndole valor a los consejos que nos hacen ser más productivos. Ex-editor del blog Lifehack, hoy escribe en The Productivityist y es autor de libros como The NOW Year: A Practical Guide to Calendar Management.

Vardy sostiene que la falta de tiempo se debe, principalmente, a una mala gestión del mismo. Cree que debemos pensar no en términos de tiempo, sino de tareas. “La gente programa sus actividades de manera muy seguida, sin darse un margen. Sin embargo, somos más productivos cuando todo fluye, por lo que debemos de tratar de mantener ese ritmo. Si te obsesiona el tiempo, no te entregas por completo a lo que haces, y te acabas bloqueando”.

Por otro lado, Vardy advierte de que centrarse demasiado en pequeñas mejoras de la productividad es un error. Recomienda enfocarse en la calidad del tiempo, no en la cantidad. “Demasiadas veces nos preguntamos ‘¿Cómo puedo exprimir más el día?’”, dice. “Cuando lo que realmente deberíamos preguntarnos es: ‘¿Cómo puedo darle a mi día más sentido?’”.

Honoré llega a una conclusión similar: “Los consejos pueden ser útiles, pero el enfoque puede ser problemático si sólo se centra en lo micro y pierde de vista lo macro, la perspectiva global”. Por eso, Honoré trata de buscar un equilibrio entre el ritmo de vida acelerado y el disfrute de la lentitud. “Cada vez más gente se resiste  a la idea de que lo rápido es siempre mejor”, dice.

El Movimiento Slow (término acuñado en su libro de 2004) propugna un cambio cultural que conlleve una desaceleración del ritmo de vida. Este movimiento ha crecido, engendrando micromovimientos como Comida Slow, Ciudades Slow (Cittaslow), Padres Slow, Finanzas Slow, e incluso Ciencia Slow.

Honoré explica que el cuerpo y la mente tienen un límite. “Es cierto, los romanos también se estresaban, pero ahora estamos tocando techo”. Culpa al “coloso de la velocidad” de los espectaculares incrementos en depresiones, ansiedad, autolesiones y casos de agotamiento nervioso en niños que todavía no han cumplido los 10 años. “Piense en cuántos niños toman Ritalin sólo para aguantar el ritmo diario, la gente que toma psicotrópicos, o los que no duermen suficientes horas ni con la profundidad necesaria”, dice. “Nuestro cuerpo nos pasa factura por cosas que lleva soportando muchísimo tiempo”.

“A nivel general, la velocidad también empieza a producir efectos nocivos palpables”, continúa Honoré. “La crisis financiera, por ejemplo, estalló porque el dinero circulaba demasiado rápido”.

En cambio, vivir con lentitud implica eliminar las distracciones y dedicarse a una sola actividad durante periodos prolongados. En palabras de Honoré, se trata de “saborear los minutos y las horas, en vez de sólo contarlos. Hacer las cosas lo mejor posible, y no lo más rápido que se pueda. Es anteponer la calidad a la cantidad en todo, desde el trabajo hasta la educación de los hijos, pasando por la comida”.

Pero Honoré se apresura a recalcar que no es un fundamentalista de lo slow. “Tiene sus pros y sus contras”, dice. “Todos tenemos nuestro metrónomo particular, y se trata de ser felices viviendo la vida a nuestro ritmo”.

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