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Un sueño hecho realidad

De niño, a Marc Waelkens le fascinaba todo lo que tenía que ver con la Turquía antigua. Con el paso de los años, convirtió su pasión en carrera y ahora es un ilustre arqueólogo que ha revolucionado la manera de entender el trabajo de campo.  

Texto Jan Tazelaar Fotos Malou van Breevoort

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Datos

Sagalassos

Las ruinas de la ciudad de Sagalassos se encuentran a unos 100 kilómetros al norte de la moderna ciudad turca de Antalya. Sagalassos era ya un importante centro regional cuando Alejandro Magno la conquistó en el año 333 a.C. Más tarde, bajo el dominio romano, Sagalassos floreció hasta que una serie de catástrofes naturales provocaron el declive y, finalmente, el abandono de la región.

Hoy, el yacimiento es uno de los lugares históricos más visitados del suroeste de Turquía. La imagen de la derecha muestra el Ninfeo de Antonino, del siglo II d.C. Para más información, visite la página: www.sagalassos.be.

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Sagalassos

Amenudo, los niños pequeños sueñan con lo que serán de mayores. Pero lo cierto es que muy pocos acaban convirtiéndose en los astronautas, pilotos o bomberos que querían ser cuando tenían 5 ó 6 años.

El arqueólogo Marc Waelkens, profesor emérito de la Universidad de Lovaina, en Bélgica, es una de esas pocas excepciones. En verano de 2013 puso punto final a una larga e ilustre trayectoria académica que había empezado casi 60 años antes, cuando todavía era un niño.

“Puedo decir, con toda exactitud, cuándo y qué forjó  mi sueño”, dice Waelkens, de 65 años, desde su casa en Lovaina, a unos 25 kilómetros al este de Bruselas. “Cuando tenía 6 años leí un cómic sobre las hazañas de Heinrich Schliemann. Fue el hombre que descubrió Troya y demostró, contra todo pronóstico, que la ciudad existió de verdad. En ese instante supe que quería ser arqueólogo en Turquía”.

La carrera académica de Waelkens empezó en Gante, en la región flamenca de Bélgica. Durante el segundo año de su licenciatura en historia antigua visitó la ciudad de Pesino, en Asia Menor, en lo que fue su primer viaje a Turquía. Esa experiencia marcó el comienzo de una larga relación con el país. “Eso fue en 1969 y, desde entonces, vuelvo a Turquía cada año”.

Tras acabar su doctorado en 1976, Waelkens trabajó como investigador para el NFWO, el Fondo Nacional para la Investigación Científica de Bélgica. Empezó a adquirir cierto renombre a raíz de su participación en proyectos de excavación en Turquía, Grecia, Siria e Italia.

En 1983, formó parte de un equipo arqueológico británico que se desplazó a Anatolia, Turquía, para explorar el emplazamiento de la antigua ciudad de Sagalassos. Aunque el teatro de la ciudad ya estaba al descubierto, la mayoría de restos permanecían intactos por lo apartado del lugar y la falta de carreteras de acceso. Pero el yacimiento guardaba más tesoros. Sagalassos había tenido una historia rica y variada. Sus antiguos moradores, culturalmente avanzados, habían emulado la forma de vivir de los romanos antes de que (en el siglo VII) un terremoto y otros incidentes obligaran a sus habitantes a abandonar la ciudad.

A raíz de su visita, Waelkens se puso a trabajar con algunos arqueólogos que trataban, a la carrera, de preservar unos yacimientos intactos en los Montes Tauro Occidentales. “Esa primera experiencia cambió mi vida”, dice. “Fue amor a primera vista y supe que había encontrado mi lugar. Recuerdo que, un día, un águila siguió a nuestro minibús desde el yacimiento hasta la casa donde se hospedaba el equipo. Fue como si condujéramos bajo la protección del mismísimo Zeus”.

Unos días después, el equipo británico abandonó esos yacimientos por otros pero Waelkens se quedó en Sagalassos. En 1989, comenzó a excavar a pequeña escala en el lugar bajo los auspicios del Museo Arqueológico Turco de Burdur, con cinco peones y otros tantos arqueólogos.

Más tarde, en 1990, el gobierno turco le autorizó a excavar el yacimiento en exclusiva. Para entonces ya había dejado la Universidad de Gante, y había encontrado un nuevo “hogar” en la Universidad de Lovaina.

A partir de ese momento, la vida de Waelkens queda ligada (de un modo u otro) a la ciudad a la que él llama, sin apenas ironía, su “novia”.

Pasaba allí varios meses al año, caminando más de 20 kilómetros al día y cargando con equipos pesados y cámaras. Escribió varios libros y cientos de artículos sobre Sagalassos, y se dedicó a recaudar fondos para financiar los trabajos de excavación y conservación.

Sacó tiempo para fundar el Centro de Lovaina para las Ciencias Arqueológicas y varias redes científicas internacionales, recibió múltiples premios en todo del mundo y, en 2009, fue nombrado caballero por el Rey Alberto II de Bélgica.

“Normalmente no duermo más de tres horas al día, y no he bajado el ritmo desde que me jubilé”, dice Waelkens. “Parece que la jubilación no va conmigo”.

Además de los muchos objetos y ruinas de valor incalculable que Waelkens ha descubierto en Sagalassos,  muchos de sus colegas consideran que su mayor logro es haber redefinido la manera de hacer arqueología. Desarrolló una metodología integral que combina disciplinas tan diversas como arqueobotánica, palinología, arqueozoología, antropología, geomorfología y geología.

Este innovador enfoque ha proporcionado más información sobre Sagalassos y otros yacimientos arqueológicos que la que se había obtenido hasta entonces. “Hemos analizado casi 2 millones de huesos de peces y artefactos hechos con huesos”, dice Waelkens. “Por eso sabemos que, durante siglos, allí se comió pescado procedente del Nilo. Y la fecha exacta del terremoto que devastó la ciudad -a principios del siglo VII- la calculamos estudiando los gránulos de los búhos que anidaban en las ruinas del complejo reservado para el baño”.

A día de hoy, el cómic que marcó el inicio del viaje de Waelkens cuelga enmarcado en la pared de su estudio. ¿Se cumplió el sueño del niño de 6 años? Reflexiona durante unos segundos. “De sobra”, dice con voz suave.

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