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Fiel a la idea

Hacer un descubrimiento que pone en cuestión un paradigma científico considerado inalterable es meterse en un buen lío. Pregúntenselo, si no, al científico israelí Dan Shechtman. Tuvo que pelear durante años para convencer a la comunidad científica de la existencia de sus “imposibles” cuasicristales, pero todo acabó con la más dulce de las victorias y el premio más preciado.

Texto Jan Tazelaar Fotos Malou van Breevoort

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Datos

Dan Shechtman
Familia: Esposa, Zipora Shechtman, 4 hijos y 10 nietos.
Vive en: Haifa, Israel
Héroe literario: Cyrus Smith, el hábil ingeniero de La Isla Misteriosa de Julio Verne.
Pasatiempo preferido: Navegar a vela.
Talento oculto: Ha creado una colección de joyas, “todas para mi mujer”, que ha sido expuesta en la Universidad Technion y en el Museo de la Ciencia de Haifa.

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El momento eureka del Profesor Dan Shechtman, del Technion, el Instituto Tecnológico de Israel, en Haifa, está anotado en su diario, concretamente en la entrada del 8 de abril de 1982, con un sencillo: “¿De orden 10?” Shechtman, doctorado en ciencias de los materiales, aprovechaba su año sabático para trabajar en un proyecto de investigación para la Universidad Johns Hopkins en la National Bureau of Standards (Oficina Nacional de Normas, NBS), en Maryland, Estados Unidos. Investigaba nuevas aleaciones para la industria aeroespacial norteamericana cuando descubrió una propiedad “vetada” hasta entonces: una estructura cristalina intrínsecamente irregular con una simetría rotacional pentagonal, o de orden 5.

Irónicamente, el propio Shechtman había demostrado la imposibilidad de estos cuasicristales cuando era estudiante. Pasó el resto de aquel día intentando refutar sus propios resultados, pero no hubo manera. El cuasicristal ya era un hecho. El descubrimiento de Shechtman despertó cierto interés, y su supervisor, John Cahn de la NBS, le dio ánimos, pero también tuvo que hacer frente a un tsunami de escepticismo y hostilidad. “Siguieron dos años muy solitarios,” dice. “Fui ridiculizado, reprendido, me trataron de charlatán. Un amigo mío ya no quiso tenerme en su grupo de investigación porque le daba vergüenza ajena”.

Al regresar a Haifa, Shechtman recibió el apoyo de Ilan Blech, quien aportó un marco teórico para los cuasicristales, y juntos escribieron un artículo sobre el tema en 1984. Fue rechazado argumentando que “carecía de interés”. Pocos meses después, publicaron una versión revisada del mismo artículo, ahora con dos autores más –John Cahn y Denis Gratias– en otra revista. “Provocó un revuelo tremendo”, dice Shechtman.

En aquel entonces, según el paradigma establecido sobre estructuras cristalinas, todos los cristales eran periódicos y, por lo tanto, sólo tenían una simetría rotacional de orden 1, 2, 3, 4 ó 6. Todo lo que no fuera eso era simplemente impensable. “El paradigma no tenía una justificación teórica sino que se basaba en los resultados empíricos de un número ingente de estudios”, explica Shechtman. “Cuando yo propuse una simetría de orden 5, la todopoderosa Unión Internacional de Cristalografía defendió la hipótesis reinante con uñas y dientes”.

Uno de los rivales de Shechtman fue Linus Pauling, dos veces Premio Nobel, con una reputación imponente. Pero, gracias al respaldo de un creciente número de convencidos y la acumulación de pruebas, la estrella de Shechtman empezó a brillar con más fuerza. Los descubrimientos se fueron sucediendo. Los cuasicristales se sintetizaban con facilidad en muchas aleaciones y algunos eran estables.

En 1994, las críticas se silenciaron de repente al producirse dos acontecimientos: el fallecimiento de Linus Pauling y la revisión formal por la Unión del paradigma sobre cristales. La reputación de Shechtman quedó vindicada, y en el transcurso de su trayectoria científica recibió numerosos premios y galardones por su trabajo. En 2011 le llegó la máxima distinción: el Premio Nobel de Química.

Shechtman sigue investigando sobre cristales en la Universidad Technion. Además de su trabajo científico, Shechtman es un impulsor incansable de la ciencia y la educación entre los jóvenes, y ha creado y presidido varios programas escolares en Israel. Encantador y carismático, el profesor es un educador nato, cualidad que evidenció hace poco en el Centro de Investigación de SKF en Nieuwegein, Holanda. Invitado a dar una conferencia con ocasión del centenario de SKF en Bélgica y Holanda, compartió ante un público entregado su dilatada experiencia como investigador y defensor de causas justas.

“Los cuasicristales fueron un descubrimiento fortuito”, recordó. “Pero en la vida, debemos trabajar para que las oportunidades nos lleguen, y después no soltarlas. Tuve la suerte de tener carta blanca en mi investigación. En realidad encontré esos cristales en una aleación totalmente inútil, que había creado simplemente para ver qué se podía aprender de ella”. A partir de ese momento, la lucha de Shechtman se convirtió en un ejemplo clásico de perseverancia y voluntad. “Sean profesionales”, dice. “Y tengan la mente abierta. Si los resultados no se ajustan a las reglas, atrévanse a cuestionar las reglas. Y sobre todo, si saben que tienen razón, no se dejen intimidar. Sean rottweilers. Cuando muerdan algo inusual, no lo suelten hasta saber qué es”.

El desarrollo de nuevos cuasicristales y su aplicación constituye un campo científico bastante nuevo. Todavía tienen un uso relativamente poco práctico. Se utilizan sobre todo en aleaciones de acero de alta calidad para productos como jeringas y hojas de afeitar, pero su potencial es enorme. Sin embargo, su importancia no reside en lo práctico, sino en que representan un enfoque revolucionario del estudio de las estructuras elementales. Fue este cambio paradigmático lo que le valió a Shechtman el Premio Nobel.

Dan Shechtman es un educador nato y un defensor apasionado de la ciencia.

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