Tres veces mejor

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No son solo las universidades y las empresas las que se benefician con la creciente colaboración entre investigadores e industria. Los estudiantes también sacan partido con una mejor preparación para competir en el mundo real.

Cuando John Hepburn inició su carrera académica como profesor e investigador de química en una de las mejores universidades de Canadá, a principios de los años 80, la mayoría de sus colegas evitaban colaborar en proyectos con empresas privadas. «En Física, al menos, no estaba bien visto tener trato con la industria», recuerda Hepburn, hoy famoso por su trabajo en espectroscopia y química láser, y en el control cuántico de átomos y moléculas. «La idea aceptada era que los profesores debían dedicarse a enseñar y a hacer investigación básica, y no a ayudar a las empresas a ganar dinero», dice.

Pero los tiempos han cambiado. Hepburn es hoy vicepresidente de investigación y asuntos internacionales de la Universidad de Columbia Británica. Gran parte de su tiempo lo dedica a promover y trabajar en los más de 900 proyectos de investigación que, cada año, la universidad de Vancouver emprende con socios en la industria y el gobierno. «Todavía quedan algunos miembros del claustro que creen que trabajar con la industria los desprestigia», dice Hepburn. «Pero son cada vez menos».

Es una tendencia internacional. En todo el mundo, universidades y académicos están saliendo de sus torres de marfil para colaborar con gobiernos y empresas en proyectos y en centros de investigación de todos los campos, desde agricultura, biotecnología y química hasta informática, ingeniería y medicina. Aunque se han expresado preocupaciones de índole ética sobre el papel de las universidades y los objetivos de la investigación académica, hay muchos casos de aplicaciones prácticas que han sido muy beneficiosos para la sociedad.

Las ciencias de la salud es un terreno donde la fusión de la investigación básica y la aplicada ha demostrado conseguir mayores beneficios. Universidades y académicos trabajan estrechamente con empresas biofarmacéuticas y biotecnológicas para ayudar a descubrir, diseñar y desarrollar fármacos, máquinas, técnicas y tratamientos que puedan utilizarse para combatir enfermedades de «alta carga», como llama la Organización Mundial de la Salud al cáncer y enfermedades infecciosas y cardiovasculares.

«Con una sociedad cada vez más envejecida, el número de pacientes con estas enfermedades aumenta y hacen falta tratamientos farmacológicos más eficaces», dice el sitio web de la prestigiosa Universidad de Leiden. Después de ayudar a laboratorios farmacéuticos a desarrollar fármacos como la nueva vacuna peptídica contra el cáncer de cuello uterino inducido por el virus del papiloma humano, los académicos de esta centenaria universidad holandesa comparten sus conocimientos con otros grupos de investigación privados y públicos en el Leiden Center for Translational Drug Discovery & Development. «Esta alianza», declara la universidad, «brinda oportunidades excepcionales para una investigación farmacológica innovadora en Europa».

Hoy nacen colaboraciones científicas, asociaciones, empresas conjuntas y alianzas estratégicas entre universidades, gobiernos y empresas en todos los ámbitos. Surgen para dar respuesta a interrogantes científicos o para solucionar problemas graves originados por la actividad del hombre que un día podrían amenazar nuestra propia existencia en la Tierra. Son proyectos que han engendrado desde tecnologías para la eficiencia energética y la reducción de gases de efecto invernadero hasta innovadores dispositivos electrónicos como los ordenadores o los reproductores DVD.

Las iniciativas de colaboración entre investigadores universitarios y científicos industriales no son cosa nueva. Según los historiadores, ambos grupos han colaborado desde la Revolución Industrial. Lo nuevo es el grado de colaboración y el impacto que sus innovaciones tienen sobre las universidades, las empresas e incluso los países participantes.

Según la mayoría de los analistas, el motor del cambio es la globalización, la transición global hacia economías basadas en el conocimiento, que dan prioridad a la investigación y a la tecnología puntera de las últimas décadas. Los ahorros impuestos a las universidades públicas en gran parte de Europa y Norteamérica han obligado a los investigadores académicos a buscar fondos fuera de los claustros. Por su parte, industrias que esperan desarrollar el próximo invento del siglo pero enfrentan enormes costes de desarrollo para convertir investigación básica en productos comercializables –como las biotécnicas– están ansiosas por echarles una mano.

Como resultado, la investigación apoyada por la industria con becas, contratos de asesoramiento y programas de formación colaborativos ha experimentado un crecimiento exponencial. Según el sitio para docentes Education Encyclopedia StateUniversity.com, la industria había aportado el 8 por ciento de los fondos para la investigación universitaria en los Estados Unidos en 2002. Ahora, ese porcentaje se ha multiplicado por tres. Más de la mitad de las empresas biotecnológicas estadounidenses han formalizado convenios de colaboración con las universidades, aportando casi una tercera parte de la financiación total. Un estudio realizado en Japón muestra que el número de proyectos conjuntos entre universidades y la industria pasó de unos 3.000 en 1999 a más de 11.000 en 2005.

Aunque la sociedad y la industria están cosechando los frutos de estas iniciativas conjuntas, algunos temen que puedan poner en peligro la integridad de la investigación académica pura, que, se supone, carece de beneficio comercial. Por ejemplo, Norman Bowie, escritor norteamericano sobre empresa y ética, advierte que la existencia de patrocinadores corporativos atrapa a los investigadores universitarios «entre dos intereses imperiosos».

Aunque reconoce la necesidad de garantizar la independencia académica, Hepburn cree que las universidades y los académicos pueden ganar mucho con una relación más estrecha con la industria. «Los problemas de hoy son mucho más complejos», dice. «Conviene compartir conocimientos y recursos». Su participación en proyectos de colaboración, añade, también amplía sus conocimientos de políticas públicas y procesos industriales. «Me ayuda a ser mejor científico».

Hepburn añade que los estudiantes también salen beneficiados de la colaboración entre universidad e industria. «Creo que los académicos reconocen que no formamos a los estudiantes para trabajar en universidades sino para vivir y trabajar en el mundo real», dice. «Gracias a estos proyectos, mis estudiantes salen mucho mejor preparados ya que comprenden las necesidades y las formas de actuar de la industria. El aislamiento es contraproducente».